Quince segundos de gloria

A principio y a mediados de siglo XX los artistas, los escritores, filósofos, científicos, etc se reunian entre ellos formando grupos, de diferentes tendencias, que marcaban las pautas de la cultura que querían cambiar, eran años difíciles después de dos guerras mundiales y una guerra civil española se transformó la sociedad cambiando, entre otras cosas, una serie de valores, de conceptos, de pensamientos y de políticas, utilizando como forma de difusión de estas culturas los medios que por aquel entonces existían, panfletos, revistas, libros pinturas, tertulias, etc. Todavía no habían llegado los grandes medios de comunicación de masas, la televisión, la radio y las grandes tiradas de prensa que hoy en día disponemos para difundir la cultura en general.

Los artistas por aquel entonces se reunían formando grupos, entre ellos, que impulsaban un estilo, que los definía en el tiempo, creándose las corrientes culturales, conocidas por casi todos, desde el impresionismo, cubismo, expresionismo abstracto, op art, etc. Una serie de istmos que definían unas inquietudes donde los intelectuales del momento comulgaban en una sintonía común y hacían frente a la cultura establecida. Estos pintores, escultores, siempre estaban frente al poder institucionalizado, eran los que iban a la cabeza de las vanguardias para cambiar el mundo, que pedía paso a nuevas formas de cultura, siempre al frente de lo que imperaba y agrupándose para poder ejercer una presión más fuerte. Con el paso del tiempo y en las dos últimas décadas del siglo XX nos encontramos que aquellos que promulgaban el cambio cultural se unieron a los que promulgaban el cambio social, formando un nuevo poder llamado el de la comunicación, creándose unos grandes medios que conectan a la sociedad con lo que pasa por el mundo, controlando conceptos como lo que debe ser bueno o malo, lo que se ha de cambiar o conservar. Han acaparado el mundo cultural en su totalidad, han absorbido toda capacidad de formar corrientes que critiquen lo establecido, lo positivo y lo negativo, han dejado las manos atadas para no poder cambiar las culturas, si no es por los parámetros que nos indican.

Ante esta situación el mundo del artista se ha ido trasformando, anteriormente por grupos, después por otros más pequeños casi de parejas hasta convertirse en un ser individual, un ser que para poder reivindicar su existencia, pulula por las instituciones y grandes empresas reclamando su lugar en el concierto de la cultura, pero en cambio se le utiliza como insignia para mostrar un concepto de prosperidad y modernidad, quiere decirse, dar una imagen de vanguardia y actualidad a la institución o medio de comunicación que lo patrocina. Esto, entre otras cosas, ha cambiado todos los esquemas y se han convertido en seres que buscan sus 15 segundos de gloria, se trabaja con la ilusión de ser uno de los elegidos del mundo artístico, y no se reparan en actuaciones para ver como destaca más que el otro, o que obra realiza para que llame más la atención y provoque la admiración o el desprecio del público, eso dará cotas de popularidad para que el medio o la institución se fije en el artista, consiguiendo por lo tanto al final ese objetivo; objetivo que a la postre son unos segundos de atención de varios medios e instituciones, unos para vender noticia otros para vender imagen y el artista para poder poner en su currículum que un día fue. Pero la cultura de profundidad, de pensamiento, de reflexión de creación, queda para aquel que en su casa o en su estudio ama el Arte con mayúsculas y observa perplejo que el arte que nos ofrecen en una gran mayoría esta falto de contenido y profundidad.